¡Silencio! Esta es una de las palabras que más hemos escuchado en nuestras vidas. Se la hemos oído a nuestros padres, a nuestros hermanos, a nuestros profesores, amigos, compañeros, bibliotecarios, policías, y aquí nos detenemos para no hacer innumerable la lista. Sin embargo, es una de las palabras que menos comprendemos. Porque el silencio no es sólo abstenerse de hablar, o de emitir ruidos, sino que es algo más profundo y transformante.

La palabra silencio se ha ido desgastando con el tiempo. Ha perdido su significado más importante, quedándose sólo con las migajas. El silencio abarca concentración y reflexión. Esto conlleva atención, virtud que nos ayuda a apreciar las cosas en su justa medida. El aprecio, a su vez, es signo de madurez, y la madurez propone la verdadera felicidad. Y así, del silencio nace todo un cúmulo de virtudes que enriquecen nuestra persona.

Necesitamos silencio.
Necesitamos vivir en el silencio y desde el silencio. Si queremos seguir ahondando en el descubrimiento de toda la riqueza de nuestro ser profundo, tenemos que descubrir el valor del silencio. En el silencio y armonía de nuestro cuerpo, de nuestra mente y nuestro corazón emerge la conciencia del yo profundo, el yo auténtico y esencial. Sólo en la quietud, silencio y armonía de mi cuerpo, de mi mente y de mi corazón llegará a reflejarse la imagen de Dios que soy.

Cuando el silencio habla, la vida se transforma. Cuando el silencio es tan fuerte, tan denso, tan inmenso y eterno, ya no hay más que silencio elocuente, que se dice y se encarna. Toda nuestra vida queda sumergida en el espíritu de Dios que habita en nosotros. Esa es nuestra auténtica
transformación. “Ya no vivo yo, sino que es Cristo el que vive en mí (Gál. 2, 20) y me transforma en él.

Es en el silencio donde se aprende a estar a solas(os) con uno mismo, pero sobre todo a ser lo que somos de verdad. Éstas y otras capacidades se recobran al recuperar el silencio que ha perdido el sentido entre nosotras como consagradas y cristianos.

Textos Bíblicos:
Poco a poco el alma, purificada de sí misma y convertida hacia el Señor, está preparada para el nuevo encuentro con Dios. Pero aun así debe recordar, como vivió Elías, que la Palabra divina se puede escuchar solamente en el silencio. Después del huracán, del temblor, del fuego, “el
susurro de una brisa suave. Al oírlo Elías, se cubrió su rostro con el manto, salió y se puso a la entrada de la cueva. Entonces le fue dirigida una voz…” (1 Re 19, 12-13).

La preparación inmediata a su ministerio apostólico, la realiza en el silencio de la oración: “Jesús, lleno del Espíritu Santo, se volvió del Jordán y fue llevado por el Espíritu al desierto” (Lc 4, 1) “para ser tentado por el diablo” (Mt 4, 1). En el recogimiento y unión con Dios, Jesús se fortalece para derrotar al príncipe de las tinieblas. Cristo salió victorioso del combate.

En el silencio externo, y sobre todo interno, se encuentra más fácilmente a Dios. Además, su deseo es que todos sus seguidores sepan orar en un ambiente de silencio y soledad: “tú, cuando ores, entra en tu cámara, y cerrada la puerta, ora a tu Padre que está en el secreto, y tu Padre que ve en lo escondido, te recompensará” (Mt 6, 6).

Camino del silencio en Santa María Bernarda
En todos los escritos concretamente el diario espiritual, las cartas a la fraternidad de Óbidos, las cartas espirituales, las cartas de enseñanza para algunas hermanas con nombres propio y en los escritos parenéticos, la Madre Bernarda habla brevemente pero con mucha sencillez y
profundidad sobre la vivencia del silencio.

En su vida oculta y silenciosa como ella misma lo reflejó con su testimonio de vida, como lo contaban las primeras hermanas que vivieron con ella; hoy es también para nosotras, oculta y silenciosa, porque no tenía nada que mostrar, ni tampoco aparentar, vivió muy consciente y
atenta a la presencia de Dios que la envolvía en todo momento. Siempre como una buena animadora espiritual, ayudaba a las hermanas en las distintas fraternidades de la Congregación, a estar atentas por el camino del silencio para vivir una autentica vida interior.

En su vivencia del santo silencio, como ella solía llamarlo, y en una de sus experiencias místicas, escuchó que Dios le habló para sus hermanas a través de su ángel: “Amadas esposas de Dios: ¡Guardad el santo silencio que es el guardián de la auténtica vida espiritual”. Es aquí desde su vivencia del silencio donde lo fundamenta, como un elemento importante para alcanzar una vida espiritual profunda en Dios Uno y Trino. Para ella, sin el silencio no puede haber vida interior, vida espiritual. Por lo tanto, este silencio al vivirlo en las responsabilidades que se tiene en la vida fraterna misionera, como lo experimentó ella misma, es hermoso y se convierte en un arte sagrado como ella misma lo llama.

La Madre Bernarda permanece con la atención fija en el silencio, como un medio, para llegar a la auténtica vida interior, considera el silencio fundamental para la interioridad. Por eso en la misma carta, conforta a esta fraternidad de Óbidos a estar vigilantes, atentas al silencio. En su misma preocupación por la falta del espíritu de silencio, la Madre Bernarda, sigue insistiendo a esta fraternidad, algo que hoy nos falta en muchas fraternidades, en las obras…aprender a vencer nuestra lengua, y nos lo dice así: “Mis queridas hijas, hemos de aprender el dominio sobre nuestra lengua, sin este dominio no se puede hablar de un espíritu bueno en una persona consagrada o en una fraternidad.

Para ella, tener control en el hablar y hablar solo lo necesario nos trae muchos beneficios espirituales como el espíritu del silencio, para nuestra vida interior.
De lo contrario, sino se aprende a dominar la lengua, imposible ser una verdadera esposa de Cristo, como lo dice ella tan explícitamente en la carta a la fraternidad de Óbidos. “Miren, es casi imposible que una religiosa pueda ser una verdadera esposa de Cristo, si no sabe dominar
su lengua. Porque mancha su corazón con innumerables faltas, y así resulta más bien una persona seglar metida en el santo hábito”.

Reflexión personal/comunitaria:

  1. Frente a las palabras de Santa María Bernarda, en su animación espiritual sobre el valor del silencio, como un elemento importante de su espiritualidad que estamos viviendo hoy, desde sus escritos, contempla ¿A qué te quiere invitar Dios a través de ella?
  2. ¿Cómo anhelas reconstruir o resignificar tu experiencia de Dios, desde tu cotidianidad fraterna misionera? ¿Qué valor le das al silencio?
  3. Tú crees Hermana… ¿es urgente fomentar una cultura del Silencio, en nuestros ámbitos de misión y de Fraternidad? Para qué?

Maneras para vivir el silencio según Santa María Bernarda:

  • En primer lugar aprender a hacer silencio nuevamente, para escuchar la voz del Padre, la llamada de Jesús y el gemido del Espíritu.
  • Silencio exterior que es practicado por amor y al mismo tiempo, es este el que impulsa al santo silencio interior o el recogimiento, para avivar la vida interior.
  • Hablar lo necesario, en forma moderada, llena de caridad, permaneciendo atenta, y evitando los ruidos fragosos, las palabras ociosas sin desear saber de dónde procede esto o aquello.
  • Re-aprender a callar, ya que ella, en su experiencia personal del santo silencio reconoce a Dios en tres signos que son la paz, el amor y el silencio.
  • Entrar ya, a la práctica del silencio interior, que no será callarse por callarse, sino, buscar y encontrar nuestro centro, y, en el “hondón” de nuestro centro, descubriremos al Señor.
  • El silencio interior es el silencio del alma, que lleva a recogerse en el Señor. 
    *El silencio que se alcanza cuando una persona se recoge, entra dentro de sí misma con
    serenidad, y permanece en presencia de Dios, logrando así la unidad de su ser.

El Silencio según el Papa Francisco

La importancia del silencio en tres reflexiones del Papa Francisco:
1º El silencio es esencial para la vida del creyente: En primer lugar, el silencio es esencial en la vida del creyente. En efecto, está al principio y al
final de la existencia terrena de Cristo. El Verbo, la Palabra del Padre, se hizo “silencio” en el pesebre y en la cruz, en la noche de la Natividad y en la de Pascua. Esta tarde nosotros cristianos hemos permanecido en silencio ante el Crucifijo de San Damián, como discípulos a la escucha ante la cruz, que es la cátedra del Maestro. Nuestro silencio no ha sido vacío, sino un momento lleno de espera y de disponibilidad. En un mundo lleno de ruido ya no estamos acostumbrados al silencio, es más, a veces nos cuesta soportarlo, porque nos pone delante de Dios y de nosotros mismos. Y, sin embargo, esto constituye la base de la palabra y de la vida.
 
2º El silencio es esencial en la vida de la Iglesia: En segundo lugar, el silencio es esencial en la vida de la Iglesia. El libro de los Hechos de los Apóstoles cuenta que, tras el discurso de Pedro en el Concilio de Jerusalén, «toda la asamblea hizo silencio» (Hch 15,12), preparándose para recibir el testimonio de Pablo y Bernabé acerca de los signos y prodigios que Dios había realizado entre las naciones. Y esto nos recuerda
que el silencio, en la comunidad eclesial, hace posible una comunicación fraterna, en la que el Espíritu Santo armoniza los puntos de vista porque Él es la armonía. Ser sinodales quiere decir acogernos así, unos a otros, con la convicción de que todos tenemos algo que testimoniar y aprender, poniéndonos juntos a la escucha del «Espíritu de la verdad» (Jn 14,17) para conocer lo que Él «dice a las Iglesias» (Ap 2,7).
 
3º El silencio es esencial en el camino de unidad de los cristianos: Y finalmente, en tercer lugar: el silencio es esencial en el camino de unidad de los cristianos; de hecho, este es fundamental para la oración, de la que parte el ecumenismo y sin la cual es estéril. Jesús, en efecto, rezó pidiendo «que todos [sus discípulos] sean uno» (Jn 17,21). El silencio hecho oración nos permite acoger el don de la unidad “como Cristo la quiere”, “con los medios que Él quiere” (cf. P. Couturier, Preghiera per l’unitá), no como fruto autónomo de nuestros propios esfuerzos y según criterios puramente humanos.