¡Ave María!
En Jesús amadas hijas:

Sean diligentes para custodiar el tesoro de la pobreza franciscana. Entre los votos religiosos, la pobreza es la más fácil en cuanto a su ejecución. Pero, ¿podemos afirmar sinceramente, que entre nosotras ocupa lugar de preferencia? Hermanas, recuerden el ejemplo de las pioneras de nuestra fraternidad:

– Encorvadas ya bajo el peso de los años, no obstante, se inclinan acá y allá para recoger cualquier objeto a perderse.
– Prefieren las más pobres prendas de vestir.
– Sumo es su cuidado en el uso de lo necesario para el diario vivir.
– No aceptan lo superfluo.
– Son magnánimas en desprenderse de la adulación y del honor.

De San Francisco aprendieron que todo lo creado es don de Dios, y dado para utilidad común. Por tanto, es muy franciscano, coger lo preciso y dar lo demás. Hermanas, examinen un poco su propio proceder: ¿aman y practican de verdad una pobreza auténticamente franciscana? No las culpo de mala voluntad, ¡Dios me guarde! Pienso, que tal vez las enseñanzas del noviciado no han calado bien; o, ¿sería que faltó su inmediata aplicación? Amadas hijas, les ruego, no me interpreten mal.

No, no estoy descontenta. Sólo quiero que se conserve y reviva entre nosotras la herencia de nuestro Padre Fundador, la auténtica pobreza evangélica. “Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el Reino de los cielos” (2). Renuévense, por tanto, en el amor y la práctica de esta excelsa virtud, y yo les prometo abundantes bendiciones celestiales.
Por Cristo Resucitado, las saluda su madre,

María Bernarda del Sagrado Corazón de María

Cartas de Espiritualidad #1