¡Ave María!

En Jesús amadas hijas:

“¡Han sido bien compradas! Glorifiquen, por tanto a Dios en sus cuerpos”. Cristo entregó su sangre divina en rescate nuestro. ¿Qué nos pide a cambio de este altísimo Don? Les respondo: Sólo un poco de cooperación. Solamente nos exige que nos acerquemos humildes, agradecidas y confiadamente a este Divino Tesoro. Hermanas, ¡escuchen el llamamiento divino y tomen esta panacea divina para su salud!

¿Por qué dejan caer las alas y las amilanan por la desesperación? ¿Por qué las inquieta hasta ofuscarlas y correr el riesgo de terminar en ser cargas para ustedes mismas y para los demás?

Contemplen el tesoro de la Preciosísima Sangre! Por doquier está a su disposición: en los Sacramentos, la Eucaristía, la oración, la humillación y también en la lucha que llevan por ser mejores. ¿Qué les falta, pues, para su realización en el plano sobrenatural?

Hermanas, ¡qué ricas son! Calmen aquí en esta fuente su sed de Dios; laven sus manchas y promuévanse a expensas de esta panacea divina. Ella encierra su salvación.  ¡Caminen confiadas y velen! Avancen conscientes de su debilidad y a la vez seguras de la fuerza que emana de este Divino Remedio. ¡No se turben, guarden la paz! Lejos esté de ustedes toda tristeza, impedimento mayor para una eficaz y dinámica promoción sobrenatural.

Pero, apartarme al mismo tiempo, de toda falta voluntaria, por mínima que sea. Ejercítense en el santo temor de Dios. Que el Espíritu Santo aumente en ustedes este saludable temor del cual brotan espontáneos: la fe, la esperanza y la caridad. Oremos las unas por las otras. Por la divina sangre, las saluda su madre,

María Bernarda del Sagrado Corazón de María

Cartas de Espiritualidad #1