Ave María
En Jesús amadas hijas:
No sé propiamente cómo debo explicarles la tercera lección que nos da nuestro santo padre de la orden. Balbucearé, entonces, como un niño pequeño, porque se trata de la reina de todas las virtudes, que es el santo amor de Dios.
San Francisco fue un varón de extraordinario desprendimiento y humildad, y por esto llegó en él amor a Dios a una altura y ardor inimaginables. Lo podemos atisbar un poco en su conocido lema: «¡Mi Dios y Mi Todo!», el cual fluía de sus labios como aceite candente. El eco de los bosques solitarios repetía extasiado sus cánticos de loor, alabanza, gratitud y amor. Pero, fue en el Alvernia donde ese fuego purísimo y ardiente llegó a su ápice, cuando el Hijo muy amado de Dios imprimió en su predilecto siervo Francisco sus llagas sacratísimas, y nos regaló en él un «Padre Seráfico». Nosotras, por una misericordia de Dios, somos ahora las hijas indignas de la Orden seráfica, y por esto nos debemos preguntar si de veras hemos crecido en el amor a Dios y a los hermanos. ¡Oh, diremos, cuán débil es nuestra llamita! Mas, ella no se fortificará mientras no la aticemos en la medida en que nos libremos de nuestro dañado amor propio.
Nuestro Padre Seráfico sabía muy bien que el amor a Dios y al prójimo no son inseparables. Por tanto, desde el momento en que San Francisco amaba a Dios sin reserva se oía en la campiña sus insistentes ruegos por la salvación de las almas inmortales, porque en él amor a Dios y al hermano se conjugaban perfectamente.
Reflexionemos sobre esto seriamente, para que nos sonrojemos, y para que sintamos un profundo dolor al darnos cuenta de que aún amamos tan poco a Dios y a las personas que conviven con nosotras en la misma casa. Queridas Niñas, mientras nuestro amor no es constante, fiel y abnegado, nuestro celo por la salvación de las almas es falso, y nuestras oraciones permanecen ineficaces. En el caso opuesto formaremos un ejército inexpugnable que arranca al Maligno almas incontables.
Recordemos que somos pobres y humildes gusanillos que deben permitir sosegadamente que cualesquiera los pisoteen. Pero, levantémonos también decididas de nuestra mezquindad y egocentrismo, para atizar la llama del amor a Dios y al prójimo. Miren, sólo entonces seremos bienaventurados en la vida y en la hora de la muerte. Que esto nos conceda misericordiosamente nuestro Esposo Celestial.
Por María, la Santa Madre de Dios, las saluda su madre del sagrado Corazón de María.
Obra Pía, 1915
A 17 Pg. 38-39