Abril 3 de 1915 (Magangué)

¡Ave María!
¡En Jesús, amadas hijas!

Para mi es bueno, “confiar en mi Señor y Dios. Él es mi fuerza y salvación”. Por la Santísima Trinidad, en el Santo Bautismo, en el alma infantil, se nos infundió esa virtud teologal. Debemos cultivarla con el mayor esmero, hasta nuestro último suspiro. Para ello, eviten como veneno mortífero la intranquilidad, el desánimo y la melancolía. Tengan siempre presente a ese único y buen Dios. Él desea que, en todas las circunstancias de nuestra vida, confiemos incondicionalmente en Él.

¿Qué queremos, qué buscamos en el santo estado religioso, si no el cumplimiento fiel y diario de la santísima Voluntad de Dios, siempre y en todo momento? Pero eso jamás sucederá sin resistencia en diversas cosas y ocasiones. El buen Dios conoce eso mejor que nosotras. Muéstrenle su fragilidad, para que Él las conforte y ayude. Cuando Él percibe que esperan filialmente su gracia, entonces, en su bondad paternal, no puede sino ayudarlas. Cuídense solamente de una cosa: de toda falta voluntaria y premeditada, porque eso desagrada muchísimo al buen Padre Celestial. Así, por ejemplo, la Superiora ordena algo a una hermana y le explica cómo debe hacerlo. La hermana no está de acuerdo con la Superiora y concluye; “así como yo pienso es mejor”.

Eso muestra una voluntad arbitraria, puesto que ella hizo libremente un Voto de Obediencia. Ejemplos semejantes hay muchos. Se trata de cosas pequeñas o grandes, no importa, porque la mala voluntad en el servicio del Señor es una ingratitud.

No en vano dice Santa Teresa;”si una religiosa no quiere ser puntualmente obediente, no sé por qué entró en la Orden”. Religiosas así no confían filialmente en el Señor, ni siquiera pueden porque la obstinación les oscurece el entendimiento y les congela el corazón. No viven en la dulce confianza de los hijos de Dios, justamente porque la desobediencia está diametralmente en contra de su Santa Voluntad.

Hermanas que no saben obedecer, viven inquietas, desesperadas, desanimadas y melancólicas. No actúen así, queridas hijas. Vivan con sencillez delante de Dios y la Santa Esperanza las consolará y las confortará en un ágape celestial.

¡Adiós! Por la Santa Madre de Dios, María, las saluda su madre,

María Bernarda del Sagrado Corazón de MARÍA.

Cartas de Espiritualidad #1