Septiembre 1º. de 1914

¡Ave María!
¡En Jesús, amadas hijas!
Esta vez quiero recordarles muy particularmente que, en este tiempo difícil, deben poner todo su celo para sacar excelentes frutos de la Santa Misa, pues muchas veces sólo tienen la oportunidad de participar de ella espiritualmente. Tengan presente este tesoro celestial, abarrotado de puro oro, de perlas maravillosas, este verdadero árbol de vida, con sus ramas cargados hasta el suelo, de los mejores frutos.

El Padre celestial, con el Espíritu y el Cordero de Dios –Jesucristo – nos invitan. ¡Vengan, enriquézcanse! Tomen de ese oro y de esas perlas. ¡Sáciense con estos frutos! Paguen con ellos su culpa y la de todos los hombres. Todo les pertenece, con tal de que lo acumulen con santo celo y viva fe. Sin embargo, en la Santa Misa cada uno reza según la inspiración del Espíritu Santo. Tengan una confianza ilimitada en los méritos del santo Sacrificio. En la Santa Misa no están rezando sólo con su pobre corazón, con su lengua pecaminosa, con sus labios impuros, sino que rezan siempre con el único CORDERO INMACULADO.

Es en la Santa Misa que se deben volver MISIONERAS. Es durante la Misa que debemos, más que nunca, clamar y gritar desde lo más profundo de nuestra alma: dadnos almas, dadnos almas, oh Padre Celestial, por todos los sufrimientos y méritos de nuestro divino Salvador. Díganle al Padre Eterno y al Espíritu Santo: yo te ofrezco esta y todas las santas misas que se celebrarán hasta el fin del mundo, por mis pecados y los de toda la humanidad, para pedir la gracia de vivir santamente. ¡Sálvanos, Señor, Dios nuestro, para que no caigamos en las garras del enemigo infernal! Repito, ofrezcan todas esas gotas de la Preciosa Sangre de nuestro Salvador, todos los golpes de la flagelación, todas las angustias, todos los oprobios y dolores del Cordero de Dios, no sólo en la Santa Misa, sino a lo largo del día. No hay cosa mejor que puedan hacer, porque únicamente valen los méritos de Cristo. Ahora, queridas hijas, toca pedir por las almas. ¡No demoren! ¡Sean misioneras ardientes!

Ríos de sangre corren, pero no en guerras justas. Como ríos también corrió la preciosa Sangre de Nuestro Salvador, en su martirio y, cada momento, nos es dado de nuevo para LAVAR a todos los hombres infelices de la inmundicia de su pecado. La fe nos debe ayudar a lanzar una mirada profunda a esas atrocidades, donde la vista humana no puede penetrar.
Así como aquí, muchas veces no tienen la santa Misa, incrementen el celo y el amor en comulgar espiritualmente. El bueno y todopoderoso Dios es también misericordioso. Él puede y quiere aceptar esto lleno de bondad como si estuviésemos participando, de hecho, de la sagrada Comunión. La fe viva siempre hace cosas grandes y las hace aún hoy.
Preparémonos para lo que viene. Aun cuando la guerra no estalle aquí, puede haber, pronto, falta de alimentos. Aquí aún no llueve. No se puede sembrar ni plantar.
Todo cuanto el santo Dios nos manda es bueno para nuestra purificación. Sufrir, en este mundo, puede, con la gracia de Dios, tornarse dulce para cada alma, por lo menos, en deseo. En poco tiempo todos los sufrimientos pasarán y la eternidad sin fin comenzará. Aun cuando cuesta, todo será para Dios y nuestra eterna bienaventuranza.
¡Adiós! Las saluda por la Madre Dolorosa, su madre que las ama,

María Bernarda del Sagrado Corazón de MARÍA.

Cartas de Espiritualidad #1