Enero 4 de 1915

¡Ave María!
¡En Jesús, amadas hijas!

Bienaventuradas las religiosas que no tienen otro deseo que servir al Señor, con siempre creciente fidelidad, y sobre todo, amándolo mucho. El verdadero amor a Dios es algo tan grande que ningún esfuerzo nos debe parecer demasiado grande, ningún sacrificio difícil para conseguirlo.

Queridas hijas, hagamos morir el mal, el astuto amor propio que nos engaña millares de veces – ese torcido amor propio que es enemigo fatal del santo amor de Dios. Si considerásemos más veces y con más seriedad, cuánto nos perjudica en el diario vivir y cuánto desagrada a Dios, no nos asuntaríamos y estaríamos mas alertas contra él. El amor propio es el amigo íntimo de los cinco sentidos. Con ellos hacen sociedad y fortuna, tanto cuanto puede.

Por qué extrañarnos cando el dulce y santo amor de Dios no consigue triunfar en nuestros corazones. Sabemos que el buen Dios nos ama indeciblemente. Su gran amor lo llevó a entregar su Hijo Único a todos los dolores y martirios, para redimirnos.

Con cuánto amor el divino Salvador vertió hasta la última gota de su sangre. Cuan copiosamente derrama el Espíritu Santo, diariamente, su gracia sobre nosotros. Mucho más recibiríamos si la aprovechásemos fielmente.

¡Oh! agradezcamos, con profunda humildad, al gran Dios Trino y Uno que nosotras, indignas creaturas, podemos amar. Esforcémonos para crecer un poquito en ese santo amor.
Pronunciemos, clara y devotamente, el versículo: “DIOS ES AMOR” y quien permanece en el amor, permanece en Dios y Dios en Él.

¡Así sea! Somos totalmente de Dios con un amor ardiente dedicado solo a él. Recemos unas por las otras para alcanzar esta gracia grande
¡Adiós! Por la Santa Madre de Dios, las saluda su madre,

María Bernarda del Sagrado Corazón de MARÍA.

Cartas de Espiritualidad #1