Obra Pía, mayo 1 de 1916
¡Ave María!
En Jesús amadas hijas:
Grandes son a los ojos de Dios, las almas humildes. Sus corazones, semejantes a un imán, atraen la admiración de los hombres y el beneplácito y amor divino. Consideren amadas Hijas:
“¡Cristo es humilde!” ¿En qué? Contémplenlo en su pasión: es burlado, ridiculizado, escupido; es pospuesto a un asesino y revolucionario; es odiado y calumniado por sacerdotes y sabios. El Santo de los Santos, el Hijo de Dios, es golpeado y arrastrado por los verdugos… y Cristo, envuelto en silenciosa paciencia, expía por el pecador.
Hermanas, “¿y nosotras?” ¡Ojalá convirtiéramos el versículo diecinueve del salmo cincuenta en una vivencia de cada momento! Sí, somos muy poco, y nuestra condición de pecadoras subraya muy bien la total gratuidad de cuánto hay de bueno en nosotras.
Nosotras somos orgullosas, esta es nuestra postura antagónica frente a Cristo humilde. Enfoquemos nuestro orgullo: es fatuo, loco, astuto como la serpiente y todo lo envenena. Es un vicio insaciable. Nos encierra en nuestro resentimiento. Nos impulsa hacia la búsqueda de honores y a querer que nos tengan en cuenta. Hermanas, ¿podemos compaginar toda esta conducta altiva con nuestra condición de almas consagradas?
Soy pesimista…, hay pequeños orgullitos…, me dicen. ¡Todo lo admito! Pero, ¿nos contentaremos con esto? ¡Dios no lo permita! Una vez instalado este pernicioso ofidio, no tardará en producir grandes estragos.
Hermanas, me llaman su madre y yo quiero expresar mi testamento para ustedes: Incontables han sido las gracias recibidas en el transcurso de mi vida religiosa. Si considero mi falta de correspondencia a ellas, sólo puedo exclamar: “¡soy la mayor pecadora del mundo!” Dios mío, ¡Tú sabes que no miento! ¡Sopórtame un poco más por tu misericordia! Aparta de mí lo que pudiera privarme de la única gota de humildad que creo haber adquirido. ¡Humíllame Tú y hazme humillar por quienes tú quieras! Quítame todo, pero déjame la humildad”.
Caras hijas: ¡lejos de nosotras la adulación y la búsqueda de honores mundanales! Andemos en presencia de Dios con sencillez y humildad.
Por Cristo humillado, las saluda su madre,
María Bernarda del Sagrado Corazón de María
Cartas de Espiritualidad #1