Cartagena, septiembre 24 de 1921

¡Ave María!
En Jesús amadas hermanas:

“Su caridad sea sin fingimiento, detestando el mal, adhiriéndose al bien”.
Los distintivos de nuestro amor a Dios, a la autoridad, a las hermanas y a todos los hombres en general, han de ser la sinceridad, la rectitud y la fidelidad. Nuestra caridad ha de ser una copia fiel del amor de oblatividad de Cristo Redentor. Todo otro amor es vano, fugaz, y desprovisto de valor y mérito.

Hagamos un poco de examen, a ver si nuestro amor está libre de todo engaño. Odiemos el mal y sea este nuestro lema: “¡Dios mío, no pecar! Ningún pecado mortal, ningún pecado venial voluntario, ni siquiera la más pequeña imperfección consentida a sabiendas. Como saben por experiencia propia, en nuestras vidas consagradas abundan las pequeñas faltas voluntarias. ¿Cuál es nuestra posición al enfocarlas? ¿No es verdad hermanas, que a menudo las toleran sin escrúpulo alguno y aun las excusan? Con un comportamiento semejante nos erguimos ante el Señor y le decimos: estas faltas son tan pequeñas que no vale la pena evitarlas. ¡Sé que te desagradan, pero yo prefiero cometerlas! ¡Qué lenguaje tan desacralizado y frívolo en boca de un alma religiosa!

¡Hermanas!, ¡no obremos así nosotras! Seamos humildes y sirvamos a Dios con amor y temor. Alegremos el Corazón de nuestro Padre Celestial, de mil maneras. Practiquemos la virtud y evitemos el mal a toda costa. Marchemos de vencimiento en vencimiento en esta batalla de superación personal. Amor con amor se paga. Sacudamos de nosotras la indiferencia, amemos con amor de oblatividad. Cristo nos amó hasta el fin y entregó toda su Sangre por cada una de nosotras. Seamos agradecidas, paguemos con “amor sincero”.
¡Adiós! Por el Sagrado Corazón de Jesús, las saluda su Hermana,

María Bernarda del Sagrado Corazón de María

Cartas de Espiritualidad #1