Abril 11 de 1915
¡Ave María!
¡En Jesús, amadas hijas!
De la confianza nace el grande y maravilloso amor de Dios. Luegoque el alma comience a caminar en la luz de la fe, en la presencia del Señor, esa misma vida de fe, vuelve la esperanza siempre más fiel y firme y, poco a poco lleva al alma a un ardiente, celoso e incansable amor a Dios, su Creador. En el amor de Dios ella aprende a morir a sí misma y reconoce, siempre con mayor claridad cuan pobre y miserable es ella. Solo entonces comienza a comprender que una llamada de atención o menos precio de parte de los otros, le convienen de verdad.
Si una Hermana cultiva el verdadero amor a Dios, crecerá cada día en la virtud, porque el amor la impulsa a eso.
Queridas hijas puede suceder que una u otra de entre ustedes diga: “Me parece que tengo muy poco de ese santo amor”. Podría ser que hablase así por desánimo y, sin embargo podría haber algo de verdad en eso.
Averigüen el motivo y, casi seguro, encontrarán que están demasiado ocupadas con ustedes mismas, en lugar de dirigir todo lo filial y ardientemente hacia Dios.
El deseo de búsqueda de sí mismas, del estúpido amor propio, enreda a muchas hermanas en sus redes, hasta la hora de la muerte. El enemigo infernal entrelaza cientos de hilos gruesos y finos de tal modo que, casi es necesario un milagro de la gracia hasta que esas religiosas lleguen al conocimiento de su, triste estado. ¡Oh! queridas hijas no lleven una vida tan triste en el santo estado religioso donde se nada en un mar de gracias.
Sean hijas de la santa Esperanza, fortalecidas con el santo amor de Dios que les vuelve todo fácil y amable. En este santo amor deben morir, cada día, muchas veces, al amor propio, desprendiéndose, de hecho, de la búsqueda de sí mismas, venciéndose, vigilándose y dominándose como y donde fuere más necesario.
Honren y glorifiquen al bueno, grande y santo Dios por el amor en pensamientos, palabras y obras, para que su mirada paternal se vuelva complaciente hacia ustedes y las bendiga.
¡Adiós! Por la Santa Madre de Dios, María, las saluda cordialmente su madre,
María Bernarda del Sagrado Corazón de MARÍA.
Cartas de Espiritualidad # 1