Ave María
En Jesús amadas hijas:
¡Oh, qué bella es una esposa de Dios que posee la paz del corazón! Para adquirir la paz, que es un inapreciable bien espiritual, se debe practicar un estricto autocontrol para conocer y vencer los propios defectos, dejando, a la vez, de observar a los demás.
Queridas Niñas tomen a pecho las palabras del querido Salvador que dijo: «¿Por qué vez la astilla en el ojo de tu hermano, y no vez la viga que hay en el tuyo?. Saca primero la viga que tienes en tu ojo, y después podrás sacar la astilla que hay en el ojo de tu hermana». Entonces, mis preferidas esposas de Jesucristo obsérvense a sí mismas sosegadamente día tras día, y emmiéndense en lo pertinente. En cambio, haciendo papel de argos para descubrir los defectos ajenos nos es caer en miles de tentaciones que terminan en juicios falsos y desfavorables, que luego pronunciarán con
la lengua.
¡Ah, cuídense de este tamaño mal más que de una serpiente venenosa! Con otras palabras: Absténganse de ir al jardín vecino para desherbarlo, dejando mientras tanto que proliferen los abrojos, las espinas y la mala hierba en la propia era. Caras niñas alejen con ahínco de su fraternidad la pésima costumbre de observar y juzgar a los demás, y permitan que las superiores vigilen y observen conforme es su deber. Pero, si casualmente observan algo incorrecto pueden advertirlo caritativamente a la infractora.
Más esto sólo sucede, raras veces, sobre todo si Uds. se observan muy bien a sí mismas. Oh, el buen Jesús cubre ante su Padre Celestial con tanto amor las faltas de cada una de Uds., las lava sin que Uds. se den cuenta y le siguen a cada una para que no tropiecen. Sería, por tanto, mal viso y señal de negra ingratitud si Uds. observan y juzgan despiadadamente a los demás, sabiendo que no tienen obligación alguna. ¡Qué esto no suceda jamás! Entonces, dejen de observar y juzgar a los demás, y prepárense de esta manera una hora de muerte tranquila y un juicio final benigno. Ah, ese indigno vicio de observar a los demás obstruye el canal de gracias que son indispensables para progresar en la vida espiritual. Odien ese abominable vicio, amadísimas niñas y hagan
todavía hoy el firme propósito de combatirlo hasta en lo más mínimo. En cambio, trabajen con ahínco en su santificación personal, practiquen la verdadera caridad,
vigilen sus ojos, activen su voluntad superior y piensen «Juzgar y condenar es incumbencia única y absoluta de Dios, mas nunca la mía».
Su madre del Sagrado Corazón de María que las ama.
Obra Pía, 16 de Septiembre de 1915
A 17 Pg. 26-27