Popa, junio 21 de1915

¡Ave María!
¡En Jesús, amadas hijas!

Puede ser que ya estén cansadas de las continuas enseñanzas sobre las virtudes que deben ser practicadas en la Vida Religiosa. Hoy quiero abordar otro medio excelente que les ayudará mucho en la vida espiritual. Procuren conocerse bien en la oración silenciosa y en la meditación diaria.

Vean, queridas hijas, así recemos mucho y hagamos meditación, si no llegamos a conocernos profundamente, poco nos ayudará, porque nuestras malas inclinaciones se esconden bien en lo profundo. La meditación nos debe ayudar a descubrir las trampas en las malas inclinaciones, porque, a no ser por un milagroso toque de la gracia de Dios, nunca llegaremos a la verdadera humildad, ni al amor mutuo, ni a una obediencia filial o a cualquier otra virtud.

Lancemos una mirada al escondite de nuestras malas inclinaciones – que es nuestro corazón – descubriremos entonces que, casi cada día, crece una mala hierba y, si además de eso hiciéremos la experiencia diaria de cuán incomprensiblemente débiles somos en la lucha contra ellas y que estamos enteramente dependientes de la ayuda y de la gracia del buen Dios, entonces sí, será posible una sincera humildad y aprenderemos a tener paciencia con las debilidades de los otros. Así comenzáremos a sentir que por la santa Obediencia llegaremos a la verdadera paz.

No nos engañemos con relación al conocimiento propio. Es fácil decir y pensar: cuán miserable soy… soy la peor de todas… Pero, cuando se presenta la menor ocasión en que nos hacen sentir que eso es más o menos cierto, entonces se estremece la naturaleza humana y se queja: “¡Son injustos conmigo! Que miren a las otras que hacen cosas mucho peores que yo… y cientos de otras exclamaciones como esa”.

Con todo eso esas hermanas hacen un drama, lleno de justificaciones, como si se le hubiese quitado la honra y el buen nombre y un silencio grandemente desedificante sella sus labios.
Así ves, querida hija cuán lejos estas aún del verdadero conocimiento propio. Cuando se conoce de verdad, la gente se humilla y acepta las humillaciones con tranquilidad.

Compréndanme bien, queridas hijas. El conocimiento propio no se obtiene a través angustiante sondeos sino con la oración, la confianza filial en Dios y una tranquila constatación de aquello que pasa en el interior, en las más diversas circunstancias.

El verdadero conocimiento de sí misma debe andar de la mano con una confianza ilimitada en la ayuda de Dios.
¡Adiós! Por la Santa Madre de Dios, María, las saluda cordialmente su madre,

María Bernarda del Sagrado Corazón de MARÍA.

Cartas de Espiritualidad #1