Enero 18 de 1915

¡Ave María!
¡En Jesús, amadas hijas!

Grande es el amor de Dios por nosotras, pobres criaturas humanas. Él nos ama de una manera indeciblemente divina. Su misericordia es incomprensible. Cuán pobres y miserables somos en comparación con su grandeza y santidad.

¡Oh! queridas hijas, seamos profundamente agradecidas por eso. Tengamos una confianza ilimitada en Él, en todas las necesidades de cuerpo y alma.
Sin embargo, una cosa debemos considerar seriamente. Este Dios misericordioso también exige y, con mayor derecho, que nosotras también nos amemos unas a otras y nos aceptemos con paciencia, no juzgando a las otras.

Les pido que reflexionen seriamente sobre este grande y santo deber.
Cierren sus ojos. No miren las faltas y flaquezas de las otras. Abran bien los ojos donde el deber lo exige y, además, llame la atención una a otra, con todo el amor y, donde eso no ayude, díganselo a la superiora, pero no aumenten una sola i a la pura verdad. No exageren todo cuando la cosa no pasa de una nimiedad. No hagan una montaña donde la tierra es llana.
Todo eso perjudica más de lo que pueden imaginar. Con qué tristeza debe mirarlas, el dulce y humilde Corazón de Jesús, si se apartan totalmente de su santísimo ejemplo.

Es con dolor que afirmo esto. Pregúntense: ¿la parábola del siervo cruel no podría aplicarse a nuestra manera de ser y actuar con relación al amor fraterno, al menos en lo pequeño?
Cuántas veces y cuán numerosas culpas el Señor nos perdonó ya. Todavía hoy perdona, con la misma misericordia, nuestras negligencias, para que no nos ahoguemos en ellas… Por ejemplo: viene una hermana… que se siente algo disgustada con nosotras… por una palabra fuerte, una indelicadeza… por alguna cosa no cumplida puntualmente en la escuela o en la casa, que nos correspondía organizar o vigilar… y muchas otras cositas… Si nosotras la enfrentamos malhumoradas… insultándola, exagerando el cuento, juzgando o interpretando mal su actuar o comportamiento –es una palabra dura, pero es verdad– entonces nosotras también la emprendemos con nuestra hermana y somos crueles con ella.

Fallas siempre habrá, pero queridas hermanas, ellas deben minimizarse. Jesús exige esto de nosotras. Recemos las unas por las otras.

Las saluda, cordialmente, por la Santa Madre de Dios, María, su madre que las ama,

María Bernarda del Sagrado Corazón de MARÍA.

Cartas de Espiritualidad #1