0ctubre 26 de 1914
¡Ave María!
¡En Jesús, amadas hijas!
“¡Mi Dios y mi Todo!” Así exclamó nuestro Padre San Francisco en el ardor de su amor. – ¡Oh! Queridas hijas, que también nosotras sus seguidoras, podamos exclamar de corazón, diariamente; “¡MI DIOS Y MI TODO!” – ¿Qué nos impide decirlo, en verdad, si no la insaciable búsqueda de nosotras mismas y el amor propio? Ojalá reconociésemos y confesásemos nuestra gran miseria en la vida espiritual, entonces llegaríamos poco a poco, a la humildad de corazón. ¡Descubriríamos la despreciable nada que somos a los ojos de Dios, por nuestro gran orgullo! Entonces imploraríamos constantemente misericordia para nosotras mismas. ¡Que tu infinita misericordia llegue hasta mi, pobre pecadora, MI TODO, sobre todo y en todo!”
Conviértanse en almas filialmente humildes y, en poco tiempo sentirán que son capaces de decir desde el fondo del alma: “¡MI DIOS Y MI TODO!” Esa íntima unión con Dios es la dulce recompensa para las almas humildes, sencillas, sinceras y transparentes. ¡Ojalá comprendiésemos esto y nos esforzásemos en alcanzarlo!
Miren, queridas hermanas, toda imperfección, las cosas a medias, una cierta doblez, una conducta dolosa que sólo vienen del orgullo, todo esto desagrada al buen Dios en sus esposas e impide, en alto grado, la acción de la gracia. Esas religiosas lo perciben bien y no son capaces, ni ahora ni después de veinte o treinta años de vida religiosa, de decir de todo corazón: “¡MI DIOS Y MI TODO!” – Ellas sienten que su miserable orgullo las vuelve indignas para eso.
¡Comiencen ya! Digan humilde y contritamente a Dios: quiero, con tu gracia, volverme como una niña rica en sencillez de corazón, sin malicia, sin falsedad, procurando en todo solo a ti, para que en ti pueda encontrar mi única felicidad y la verdadera paz del alma.
Pidamos, en comunidad, esta gracia unas por las otras, para que cada una de las casas de nuestra pequeña congregación se vuelva un santo y pacífico Nazaret.
¡Adiós! Las saluda por la Madre Dolorosa, su madre que las ama,
María Bernarda del Sagrado Corazón de MARÍA.
Cartas de Espiritualidad #1