14 de abril de 1914
¡Ave María!
¡En Jesús, amadas hijas!
Hoy quiero recordarles cómo deben amar y acatar filialmente a nuestra Santa Madre Iglesia y sus Ministros. Amen y respeten, sobre todo al Santo Padre. Al referirse a él, háganlo con profundo respeto. Sus corazones se alegren cada vez como si hablaran del propio Jesucristo. Si escucharan, Dios no lo permita, algo contra sus determinaciones o su proceder, cállense, para que comprendan que ustedes no lo aprueban, sean ellos hermanas o laicos. ¡No tengan miedo de llamarles la atención! Sé que esto sucede pocas veces, mejor sería que nunca sucediera. Procuremos cumplir fielmente todas las determinaciones del Santo Padre.
Lo que más sucede es el hablar de los señores Obispos y sacerdotes y, muchas veces de una manera poco edificante. Aun cuando ellos tengan faltas y flaquezas son, sin embargo, Ungidos del Señor. Lo que sucede es que, en general, no nos acordamos que estamos atacando a las niñas de los ojos del Señor. El mejor medio para corregirnos es que todas juntas nos propongamos hablar sólo lo bueno. En estas cosas no es fácil conseguir el término medio, sin faltar. Por eso se debe enfatizar en el loable silencio, para que se convierta en un hábito. Si alguna se olvida, sin mala voluntad, y habla de faltas de los sacerdotes, una mirada de su superiora o el silencio de todas, debe bastarle para hacerle caer en cuenta.
Acordémonos, queridas hijas, de cuántas veces los Ungidos del Señor nos absuelven de nuestros pecados y, cuántas veces, deben aguantar también algo de nosotras y por nosotras. Ellos nos recuerdan, todos los días, en el Santo Sacrificio de la Misa y, cuando no encontramos salida para nuestras dudas – ellos, por el ministerio sacerdotal, son capaces de ayudarnos. En las enfermedades y en la hora de la muerte la presencia del sacerdote es un gran consuelo. – ¡Cuánto nos arrepentiremos, en aquellas horas de angustia, si hubiéremos hablado sin consideración e impensadamente, si hubiéremos juzgado su proceder con superficialidad! ¿No podría suceder, justamente y por permisión divina, ser entonces privadas de tan consoladora asistencia?
¡Arrepintámonos profundamente! – ¡El buen Dios es misericordioso! Viendo que todas queremos, ahora acabar con estas faltas, Él nos perdonará el pasado y nos bendecirá en la vida y en la muerte. De ahora en adelante, amemos y amemos a sus Ungidos, como lo requiere su estado y ministerio.
¡Recemos mucho y afectuosamente por el Santo Padre, por todos sus Obispos, Cardenales y Sacerdotes, para que cumplan su importantísimo ministerio con celo y fidelidad!
Yo sólo quiero prevenirlas, pues, pocas veces la gente se acuerda de este punto importante.
Pidamos las unas por las otras la santa sabiduría, el amor, la comprensión. Y, cuando no podamos decir nada bueno, callémonos humildemente.
Por la Santa Madre de Dios, las saluda su madre que las ama,
María Bernarda del Sagrado Corazón de MARÍA.
Cartas de Espiritualidad #1