¡Ave María!
En Jesús amadas hermanas:

La humilde y fiel gratitud es una cualidad grande y hermosa. Se comprende que la primera y mayor demostración de gratitud la debemos a Dios Nuestro Señor. Luego, ¿será pedir mucho agradecer también sinceramente todos los servicios recibidos de nuestras madres superioras, y agradecernos cordialmente los recíprocos servicios otorgados en comunidad?

Amadas hermanas, la gratitud debería resplandecer con brillo siempre creciente en todas nuestras fraternidades. Calculen, si pueden, los incontables favores de los cuales son objeto por parte de su madre superiora. Día y noche se afana por su bien. Sufre y se preocupa por ustedes; si ahora no lo creen, lo verán con claridad a la luz de la otra vida.

Seamos pues agradecidas desde ahora y que nuestra gratitud se manifieste en palabras y obras igualmente. Agradezcamos a nuestra superiora local y también a nuestras superioras mayores. No pase día alguno sin ofrecer por ellas nuestra oración y nuestros sacrificios. No muera nunca en nuestros labios el “Dios le pague”, expresión de inapreciable valor.

Me es inconcebible una religiosa perfecta que a la vez no sea un alma profundamente agradecida… “Oh, qué bueno, qué dulce habitar los hermanos todos juntos!… allí Yahvé dispensa la bendición, la vida para siempre”. ¡Qué bien se vive en un ambiente, donde almas finas se agradecen y aprecian aun los servicios más insignificantes! ¡Qué agradable es escuchar desde todos los rincones de la casa, la alegre canción del “Dios le pague”, intérprete de almas agradecidas!

¡Adiós! Por el dulce Niño de Belén y su Santa Madre, las saluda su anciana madre,

María Bernarda del Sagrado Corazón de María

Cartas de Espiritualidad #1