¡Ave María!
En Jesús amadas hermanas:
¡Alegrémonos como niños inocentes a causa de la gloriosa Resurrección de Cristo Nuestro Redentor! El solo recuerdo del triunfo de Cristo sobre muerte e infierno, y su exaltación sin fin por toda la eternidad, hace que mi alma se llene de santa alegría y olvido mis propias dolencias.
La vida de Cristo y de María era una sola fragua de dolor; el rechazo y el sufrimiento jamás se apartaron de ellos. Ahora, todo pasó. El honor pisoteado del Dios “Uno y Trino” se reparó, y a los hombres de buena voluntad se les abrieron las puertas del paraíso.
Amadas hermanas, ¡desechen todo temor! Cristo triunfó y con Él participaremos los goces de la Pascua eterna. Sacudan la rutina, comiencen una vida de fervor, luchen sin cansarse. Marchen por la senda de la fe, guiadas por Cristo y María. Como ellos, quédense en torno al yunque del dolor. Hoy esto, mañana aquello, siempre aliadas con el sufrimiento y la humillación. Pero, ¡entiéndanme bien! No hablo del sufrimiento consecuencia de hipersensibilidad. Hablo de las penas de purificación que nos vienen directamente de Dios y a lo largo de los diversos acontecimientos de nuestra vida. Tales penas son un “mensaje de amor” y una ocasión para practicar la virtud. Sumen a esto las causas segundas y los hermanos destinados a nuestra promoción.
Hermanas, ¿por qué vacilan tantas almas y exponen su vocación? Les indico la razón: “olvidan a menudo su pacto de amor y de dolor”. Comenzaron su éxodo por el desierto de esta vida, más las fatigas del camino les hicieron olvidar que todo termina en la “pascua gloriosa de la eternidad”. Prosigan pues el sendero regado de lágrimas, sembrado de guijarros y bordeado de abrojos. Pero, convénzase que es un camino de ascensión que culminará en la “eterna resurrección”.
¡Adiós! Por Cristo Resucitado, las saluda su Hermana,
María Bernarda del Sagrado Corazón de María
Cartas de Espiritualidad #1